De la reconstrucción a la refundación: Europa le queda grande al Barça

El Barça parece inspirarse en el cruel destino de Sísifo, forzado a sufrir el mismo castigo infinitamente.

¿Cuándo acabará la pesadilla? ¿Qué día logrará desprenderse del peso de la piedra que le impide encontrar siquiera un rellano de confort cuando cree alcanzarlo? ¿Cuándo dejará de caer con estrépito cada vez que juega contra equipos europeos de gama alta, esa a la que perteneció no hace tanto? Los errores se pagan. Fueron tantos y tan flagrantes en el anterior mandato directivo que cuesta (y costará) borrar sus consecuencias, de efecto duradero. El castigo es en realidad una penitencia. Al nuevo presidente le aguarda un desafío mayúsculo. La crisis económica y la deportiva convergen como pocas veces antes. Si se confirma la eliminación en octavos de final el club dejará de ingresar unos 10 millones más. Los presupuestos siempre contemplan alcanzar al menos los cuartos. Y eso que eran garantistas. Ya no.

La renovación de la plantilla que exigía la derrota de Liverpool se pospuso equivocadamente y llegó el bochorno de Lisboa. Entre el once de aquel funesto 2-8 y el del martes ante el PSG hay aún demasiados cromos repetidos: siete titulares (Ter Stegen, Piqué, Lenglet, Alba, Busquets, De Jong, Messi) más Griezmann. La economía, castigada por la pandemia y los errores en propia puerta (la lista de fichajes mediocres es deprimente), no dio para la revolución que buscaba Ronald Koeman, así que todo ha quedado a medio hacer. Jugadores como Busquets o Alba, de 32 y 31 años respectivamente y con contratos desfasados por su duración y elevado coste (¿cuántos titulares del PSG cobran más que ellos?), lastran la progresión del equipo. Busquets pertenece a otra época y poco ha hecho por adaptarse a la nueva, se sigue diluyendo a campo abierto; Alba, que ni siquiera sufre el desgaste de la selección, queda retratado cada vez que le ponen delante un delantero de nivel. El último, el búfalo Kean. El paraguas Messi ya no lo cubre todo. Koeman espera al nuevo presidente para darle su lista de refuerzos. Veremos.

Ronald Koeman va añadiendo elementos jóvenes a su tubo de ensayo con una intencionalidad evidente, pero la mezcla, aunque empieza a obtener resultados, no funciona ante equipos de enjundia. Jugadores como Pedri, pese a su excelente pinta, no pueden voltear contextos viciados desde hace años, bastante hace a sus 18, pero aún no puede ser Verratti. El duelo del martes le fue grande porque el equipo no está cosido y es miedoso cuando ve asomar fantasmas, bloqueándose. De Jong, otro futbolista aprovechable, hace esfuerzos para no caer en el lado oscuro y complementos como Dest o los canteranos Riqui Puig y Mingueza piden paso pero entran y salen del equipo sin dejar certezas absolutas acerca de su potencial. La baja de Ansu Fati todavía le duele a Koeman, al que se pide al menos recuperar la pureza del estilo como consuelo sin entender que probablemente le faltan demasiados elementos para lograrlo.

Griezmann y Dembélé no son cracks fiables, ni tan solo cracks, tampoco Coutinho. Entre los tres costaron casi 400 millones de euros, una fortuna. Sin ser malos futbolistas, a los tres les falta hambre y continuidad en el tiempo, elementos indispensables para dejar marca. Messi no mezcla del todo bien con ellos. Faltan jugadores con talento y de compromiso real, capaces de voltear escenarios adversos emocionalmente cuando a Messi le falla el fuel. El panorama es desolador cuando los partidos de categoría continental se tuercen. Se produce una dimisión generalizada decepcionante. El equipo no sabe mirarse al espejo y reconocer la superioridad del adversario, prefiere dejar de jugar. Como un niño enfadado. Tampoco fue inventado el Barça para replegarse, así que ahora mismo podría afirmarse que el Barça no sabe ni qué es.

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